jueves, 1 de mayo de 2008

Por una ciudad para los niños y las niñas.





Al “Profe”
Julio Adán Hernández
Por creer en ellos.

En Barranquilla y la mayor parte de las ciudades del país y del mundo, el niño no es considerado un ciudadano. En ellas, sólo los habitantes más “fuertes” (adultos) son invitados a participar en la búsqueda de soluciones a los problemas de la urbe, mientras que los niños y las niñas permanecen “invisibles”, desconociendo que ellos son capaces de interpretar sus propias necesidades y aportar en la transformación de la ciudad.

Muy a pesar de los mandatos constitucionales, donde se deja explícito que "los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás", de la declaración de los derechos de niños/as, ratificada a través de la Ley 12 de 1990, de la recientemente promulgada Ley de Infancia y Adolescencia, y de los muchos convenios internacionales suscritos por nuestros gobernantes, la niñez y los jóvenes no son partícipes de los procesos de planificación y toma de decisiones. Se les ofrecen muy pocas oportunidades para influir en el presente y orientar el futuro.

Por eso, experiencias realizadas en Barranquilla como: el Foro de Filosofía organizado en el Instituto Pestalozzi; el Foro Jóvenes Gestores de paz desde la escuela del Colegio Metropolitano de Barranquilla, el Foro Violencia y Sociedad de la Institución Educativa Alejandro Humboltd; el proyecto de investigación ciudadana del Colegio Jorge Isaac, la propuesta de cultura ciudadana de la institución Educativa del Barrio Simón Bolívar, el Foro Estudiantil Barranquilla: pasado y presente liderado por estudiantes del Liceo Los Comuneros, y tantas otras experiencias que se quedan en el anonimato o “invisibilizadas” socialmente, son muestra “... de la fuerza de la vida que se niega a dejarse amortajar, al fin y al cabo los lideran jóvenes, niños y niñas quienes se arriesgan a soñar, diseñar y disoñar mundos posibles”.

En Barranquilla, la experiencia más sistemática y exitosa en busca de generar una cultura que reconozca al niño como ciudadano, es sin lugar a dudas Voz Infantil – Hola Juventud, proceso comunicativo – educativo orientado por el pedagogo Julio Adán Hernández, con más de 30 años de implementación, el cual se ha venido desarrollando a través de acciones comunicativas formativas, con el iniciatico propósito de aportar a un necesario cambio de actitud de la ciudadanía, frente al papel de la niñez en la sociedad actual, con la clara invitación a repensar las relaciones de ellos, con la familia, la escuela, la sociedad y los medios de comunicación.

Hacer de Barranquilla una ciudad para los niños/as, supone “construir” una ciudad segura, respetuosa del ambiente y de la vida, democrática, de libre participación, o sea una ciudad educadora, una ciudad más humana para todos, en donde niños/as y jóvenes sean sujetos plenos de derecho, protagonistas de la ciudad y priorizados en las acciones del gobierno y la sociedad.

El pedagogo italiano Francesco Tonucci afirma que: “Los niños son los que son educados; un niño es niño dentro de un proceso de educación porque será grande. Vale por lo que será. Esto es así en todos los proyectos educativos. Es decir, ayudarlo a cambiar. Es el futuro ciudadano. Esta es su condena. Porque es un futuro ciudadano, a pesar de que exista desde hace diez años...” No se trata de desaparecer el concepto de niño estudiante, sino generar conciencia acerca de la realidad de la niñez en presente, hoy y ahora. Es decir como es él hoy, con las necesidades que tiene hoy.

Se busca en última, de asumirlos como ciudadanos, con el mismo convencimiento del educador Julio Adán Hernández Montealegre, cuando afirma que ellos pueden “... romper esquemas, trabajando para demostrar que también cuentan y que con su participación son capaces de apostarle a la esencia, a la historia y a las manifestaciones significativas de su colectividad”, ellos pueden mostrarnos lo que más le falta a la ciudad, nos pueden dar pistas, ideas para las soluciones, no se trata que ellos tengan las capacidades para planificar una ciudad, quizás no tengan las competencias para solucionar todos los errores que hemos cometido los adultos, pero podemos darles el protagonismo que les corresponde como ciudadanos y usuarios de la ciudad.

Los niños no son adultos chiquitos, no. Ellos son más sensibles a las inequidades del desarrollo, sobre todo en ciudades como las nuestras, y les toca pagar un precio muy alto por el modelo de desarrollo insostenible que los adultos hemos adoptado. Sin embargo, y a pesar de lo anterior, debemos dejar de asumirlos como simples víctimas inocentes de la situación actual y empezar a ser conscientes de su enorme potencial, para la creación de una ciudad mejor. Los niños y niñas no votan, pero también tienen derecho a la ciudad


E-mail: jairosotohernandez@hotmail.com

miércoles, 30 de abril de 2008

¿Y de los planes de desarrollo qué?



Por estos días todos los entes territoriales del país inician el proceso de elaboración de los planes de desarrollo, gran oportunidad que debe convertirse en un espacio para pensar en el escenario local nuevos caminos para alcanzar el desarrollo. Pero en el ejercicio de su elaboración se debe trabajar a tres manos: el Gobierno, la Comunidad y el Concejo o la Asamblea, con el fin que los planes de desarrollo, departamental y Distrital, sean los deseados documentos que recojan los sentires, las voces y las miradas de la sociedad atlanticense y barranquillera.


Luego de la Constitución de 1991, la planificación no es sólo una actividad técnica, sino que es ante todo un proceso político que permite construir tejido y redes sociales, al tiempo que revaloriza el ejercicio de la política, haciendo de manera practica que lo público sea realmente público, por lo tanto es urgente sacarla de las oficinas y llevarla alas comunidades.

Es una lastima que las Comisiones Primeras de Senado y Cámara de Representantes, aprobaran el retiro del proyecto que establecía el Sistema Nacional de Planificación participante para la aprobación del Plan de Desarrollo Económico y Social en los niveles territoriales: Municipio, Distrito y Departamento, complementaria de la Ley 134 de 1994 y modificatoria de la Ley 131 de 1994 y 152 de 1994, pues con él se pretendía desarrollar el principio de democracia participativa en las entidades territoriales y establecer la vinculación entre la participación ciudadana, con los compromisos adquiridos por los mandatarios elegidos y los planes de desarrollo que se aprobaran durante el período de Gobierno. Es decir, la obligatoriedad de implementar procedimientos y mecanismos para la elaboración, aprobación, seguimiento, a la ejecución, evaluación y control de los planes de desarrollo económico y social.


Se nos están venciendo los tiempos del Plan de Desarrollo

El tiempo máximo con el que contaban tanto el gobernador Eduardo Verano, como el Alcalde Distrital Alejandro Char, para la presentación del Plan de Desarrollo era el 29 de febrero, es decir los dos meses siguientes a la fecha de su posesión, tiempo en el que debió ser puesto a consideración del respectivo Consejo Territorial de Planeación, el cual tenia un mes (31 de marzo) para producir el concepto, frente al cual los mandatarios y su administración disponen de un mes (30 abril) para introducir los ajustes que consideren pertinentes.

Incorporadas las recomendaciones el Plan deberá ser sometido a la consideración de la Asamblea o Concejo según sea el caso, órgano legislativo que dispone de un mes para su aprobación (31 de mayo). Si dentro de este término no es aprobado el mandatario lo podrá aprobar por Decreto. Aunque también tiene la posibilidad de convocar a la corporación a sesiones extraordinarias.

En el departamento del Atlántico, el proceso tuvo un buen inicio con la instalación de las mesas de trabajo con la comunidad y autoridades de los diferentes municipios y posteriormente con la presentación del documento preliminar ante los diputados del departamento, aunque falta mayor grado de socialización y debate. En lo que respecta al Distrito de Barranquilla, el proceso inicio con la presentación de la llamada “Hoja de Ruta”, pero luego del anuncio inicial, el proceso parece no arrancar, a estas alturas aun no se conoce un documento preliminar el cual debió presentarse para su estudio al Consejo Territorial de Planeación el 29 de febrero, órgano consultivo que el 31 de marzo, de acuerdo a lo establecido en la ley 152 de 1994, se le vencieron los términos para hacer entrega al alcalde o gobernador de su concepto o análisis y sus respectivas recomendaciones.


Ojala, los honorables diputados y concejales, se esfuercen por convertir estos Planes de Desarrollo en un espacio para repensar y revisar procesos públicos de gobierno y los procesos esenciales para la vida de la comunidad en general, para lo cual se requiere de la participación de toda la ciudadanía, a través de la realización de talleres con la comunidad, con los gremios, con los ediles, miembros de las Juntas de Acción Comunal, en fin con todos los sectores sociales, porque en ultima se busca que la gente opine y aporte en la construcción de la ciudad y el departamento que queremos.

E-mail: jairosotohernandez@hotmail.com

viernes, 25 de enero de 2008

Una mirada al Carnaval de Barranquilla desde lo educativo


A partir de la Constitución de 1991 importantes cambios se propiciaron en los diferentes campos de la vida nacional, el sistema educativo con el cual se forma, instruye y educa a la sociedad, no fue la excepción. Los modelos pedagógicos de mayor acogida por parte de los educadores colombianos, entraron en crisis con la puesta en marcha de nuevas maneras para introducir al docente y a los estudiantes en el ámbito del conocimiento.

La educación hoy requiere que el quehacer pedagógico, dentro y fuera del sistema escolar, esté al servicio de los intereses fundamentales del hombre y la mujer, ella debe permitir a los individuos adaptarse al mundo en que viven, al tiempo que les entrega las herramientas que les permitan apropiarse de las competencias necesarias para poder participar y aportar en la transformación de su entorno.

Sin embargo, muy a pesar de los mandatos constitucionales, de la Ley General de Educación (Ley 115 de 1994), de la Ley de Cultura (Ley 397 de 1997), el Plan Decenal de Educación, el Plan Nacional de Cultura, de la Ley que declara al Carnaval de Barranquilla como patrimonio cultural de la nación (Ley 706 de 2001) y de la reciente declaratoria por parte de la UNESCO como obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad, nuestra máxima fiesta no forma parte del proceso educativo de colegios y universidades de la ciudad y el departamento.

Darle al Carnaval de Barranquilla una mirada desde lo educativo, poco se ha hecho, es decir, ver al carnaval como un objeto de investigación desde la escuela y para la escuela, e involucrar sus contenidos al currículo pareciera una práctica extraña y descabellada, quizá porque nos acostumbramos ha ver al carnaval sólo como diversión, desorden, ron, maicena, recocha, música y verbena, y que no valía la pena ir más allá; soslayando presencias culturales ancestrales o porque el concepto de educación que se tiene no supera el ámbito rígido de las cuatro paredes del aula de clase.

En la mayor parte de los colegios de la ciudad y el departamento, el carnaval sólo hace presencia a través de un acto cultural durante el mes de febrero, en donde los estudiantes preparan unas breves palabras acerca del Carnaval, presentan bailes, carteleras alusivas a las fiestas, grupos de música folclórica, letanías y disfraces. En otros, el proceso está más avanzado y se realiza el llamado “Carnaval escolar” consistente en la representación de los eventos significativos del Carnaval en el colegio: lectura del bando, batalla de flores o gran parada, presentación de las candidatas por curso y coronación de la realeza colegial, por parte de la Reina del Barrio o la Reina del carnaval de los niños, presentación de letanías, concursos de disfraces; lo anterior acompañado de tareas acerca de los temas de carnaval. La mayor presencia de la escuela en el carnaval se nota en los grandes desfiles, especialmente en danzas, bajo la forma de comparsas hawaianas o brasileñas, con poca presencia en las danzas tradicionales regionales.

También existe un pequeño grupo, muy aislado por cierto, de docentes y planteles educativos de la ciudad y el departamento, quienes motu proprio, ante la inexistencia de políticas públicas claras en esta materia, decidieron romper con la tradición educativa e iniciaron el interesante proceso de involucrar al carnaval como parte importante de su quehacer pedagógico cotidiano, durante todo el año escolar, llevándose el iniciatico compromiso de identidad, ante aquellos docentes incrédulos que piensan que no es posible la relación carnaval y educación.

Quizá la mayor experiencia pedagógica en la búsqueda de encontrar la relación carnaval y educación la constituye el Carnaval de los Niños, “espacio de enriquecimiento en el que niños, niñas y jóvenes, gozan la fiesta con autonomía y libertad, mientras se convierten en guardianes de la tradición folclórica y cultural”
[1], coordinado por el educador y comunicador social Julio Adán Hernández Montealegre desde el proceso de formación integral Voz Infantil – Hola Juventud.

En el Carnaval se mantienen danzas de gran tradición familiar, importantes manifestaciones musicales del Caribe, cientos de disfraces y grupos de letanías de las cuales los estudiantes y padres de familia forman parte. ¿ Por qué, entonces, no aprovechar este potencial?, sí existen estas fortalezas creativas ¿por qué la escuela le sigue dando la espalda al carnaval como objeto de investigación y conocimiento?.

Si nos decidimos a asumir al Carnaval de Barranquilla como referente formativo, sea como proyecto pedagógico, como un elemento transversal del currículo, una cátedra o un objetivo en el Proyecto Educativo Institucional, tendríamos la posibilidad de utilizar una serie de recursos intrínsecos a él, y que hasta ahora han sido despreciados en los procesos escolares y de integración de la comunidad educativa, logrando, que la educación cumpla con el rol asignado en el Plan Decenal de servir de soporte para la protección del patrimonio cultural, para lo cual El Estado desde las Secretarias departamental y Distrital de Educación y el Instituto de Cultura y Turismo de Barranquilla, deben iniciar el proceso de sensibilización y capacitación a maestros, así como la puesta en marcha desde la institucionalidad de un programa que relacione carnaval y educación.







[1] Dossier presentado para sustentar la Candidatura del Carnaval de Barranquilla ante la UNESCO, como obra maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la humanidad, Barranquilla, 2002

viernes, 7 de diciembre de 2007

En Diciembre todos los días son de fiesta.


A Pedro Galindo Ávila,
por su valoración

y respeto con el pasado.



No soy de los que creen que todo tiempo pasado fue mejor. Pienso que esta frase es un mecanismo de defensa que las personas adoptamos para darle mayor fuerza a las historias que contamos; muy por el contrario, estoy convencido que cada época tiene sus vicios y sus virtudes.


Hoy mientras viajo en un bus urbano, escucho en la radio una conocida canción “Diciembre llegóoooo con sus ventoleras, mujeres, y la brisa estáaaa que llena el mundo de placeres”. Esa melodía, en cuestión de segundos, me invita a la nostalgia y es capaz de sacar, de esos lugares que los seres humanos tenemos reservados para las cosas en desuso, un montón de recuerdos que me atragantan y obligan a un viaje evocador por los diciembres de ayer.


Si, ya diciembre llegó, le digo al amigo Pedro Galindo que me acompaña, pero nos cambió las ventoleras y el azul brillante del cielo, por lluvias diarias y un cielo gris plomo. ¡Diciembre es un estado de ánimo!, respondió Pedro, quizás contagiado por mi palpable nostalgia, me quedé pensando un rato, y le dije: hoy los árboles de navidad son muy bellos, con luces intermitentes de velocidades graduables y adornos importados, que le dan un esplendor sin igual, en cambio, dijo él, los árboles de navidad de ayer eran más típicos, más nuestros; debíamos ir a un solar enmontado a seleccionar un arbusto seco, que luego era sometido a una “mano” de pintura con carburo de calcio o esmalte y aún húmeda, a la pintura, se le pegaba algodón o se le dejaban caer bolitas de las que suelta el icopor y se adornaban con guirnaldas y cajitas de cartón forradas con papel de regalo.


Todos colocábamos las cartas dirigidas al Niño Dios, en espera de ver realizados los sueños de tener aquel camión grande de madera, o quizás, una bicicleta o unos patines. Todavía los japoneses no se habían apoderado de gusto infantil, con video juegos, aparatos digitales, muñecos de la serie de moda en la televisión o con sus armas galácticas.


La nostalgia continuó arropándonos con su manto. Ni siquiera el bullicio del conjunto vallenato que se sube al bus a interpretar “Caracoles de colores que en el mar andan nadando…”, a cambio de unas monedas de los pasajeros, o el estribillo, aprendido de memoria, de los niños vendedores de dulces y galletas, pudieron sacarnos de este deleite.


Los farolitos nos tocaba hacerlos en casa, seguía Pedro, en un evento de integración familiar, en donde se procedía a forrarlos con papel cometa o celofán y pegarlos con almidón de yuca, además reparar los que quedaron del año anterior y que fueron guardados celosamente por la abuela.


Definitivamente, diciembre es un mes especial; la alegría se convierte en un fenómeno colectivo, expresado de múltiples maneras, siendo una de las más destacadas, la pintura y la decoración de las fachadas de las casas, que por estos días engalanan nuestra ciudad, sin importar el estrato socio económico, “gritamos” con luces de colores, “Diciembre llegóooooo”.


Entre tantos recuerdos! , lo mejor sería tomarnos unas cervezas, pero hoy apenas es martes, expresé casi como un lamento a mi amigo Pedro, éste se sonrió y en tono categórico respondió: “Tranquilo, en diciembre todos los días son de fiesta”.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Una historia para leer antes de la reelección



Durante el fin de semana, aprovechándose quizás del carnaval eterno que vivía la ciudad, los gallinazos se metieron por la puerta dorada destrozando con sus picos y garras el prestigio de ella. Desde los tiempos cuando el viento vagabundo de la tarde pasaba murmurando y cantando a la distancia, no se veían tantos gallinazos en torno de aquel edificio de nueve pisos y su enorme mural, bajo la mirada inocente de una morenita luna, que no paraba de columpiarse.

Quienes se atrevieron a acercarse oyeron desastres de pezuñas y suspiros de animales, en aquel recinto prohibido que muy poca gente de prestancia había logrado conocer. Un remolino ciclónico al interior del recinto, hizo volar por las ventanas cientos de contratos, acuerdos, presupuestos mal elaborados, cédulas, corbatas, serruchos, demandas, cheques por cobrar y, hasta concesiones.

Vimos por las ventanas cómo el inmenso animal dormido de la ciudad, todavía inocente de aquel aciago momento, desfilaba enmaicenado y vestido con ropa multicolor, al compás de ritmos alegres de tamboras y al sonar agudo de la caña de millo y las gaitas.

“Yocomovoy” , nombre con el que a través de un acuerdo, el honorable concejo de la ciudad la había rebautizado, nació pobre y humilde, no fundada como las demás por “ilustres” conquistadores, sino por gente comunes y corrientes, cuyos anónimos nombres se perdieron en el tiempo. Tiene ella, una envidiable localización estratégica frente al gran río y muy cerca del mar, aspecto que unido a la gran afluencia de extranjeros, quienes le imprimieron un ambiente cosmopolita, la capacidad de trabajo y el calor humano de su gente, marcaron su asombroso desarrollo desde finales del siglo pasado y le permitieron ser el espejo donde las demás ciudades del país se querían mirar.

La ciudad se ha caracterizado, desde sus inicios, por la coexistencia, casi sin relacionarse, de dos ciudades dentro de ella: la ciudad de los ricos cuyas fotografías aparecen en diarios y revistas y la de los pobres, considerada por ellos la gran vergüenza local, por lo que se le trata de mantener siempre escondida. Esta última, sólo es visitada por ellos en época electoral, cuando “disfrazados“ de pueblo llegan a los barrios de invasión, con su cargamento de promesas, a comerse los sancochos, abrazar a los ancianos y cargar a los niños en un ritual que se repite cada tres o cuatro años de carnaval electoral.

Era tal la grandeza de la ciudad, que se mantenía en pie, a pesar de estar profundamente impactada por las devastadoras consecuencias sociales de una clase política atrincherada en cuatro o cinco edificios oficiales, desde donde, con certera puntería, lograron derribar todo el prestigio de ella y las buenas costumbres de su gente, cuya importancia como actores políticos, minimizaron hasta convertirlos en sujetos fáciles de sus malsanas prácticas electorales, que les garantizaban la reelección debate tras debate.

Durante mucho tiempo los gallinazos se apoderaron de los sitios más representativos y símbolos del poder local. Despavoridos, los coadministradores de la ciudad, cual angelitos, ascendieron a velocidad huracanada, logrando confundirse al muy poco tiempo con los carroñeros, con los cuales jugueteaban, realizando piruetas en el aire, mientras tramaban el Plan B para el regreso, convencidos quizás que en este mágico rincón del Caribe, no hemos podido superar aún, la peste del olvido.

martes, 5 de enero de 1999

La vida una excursión a la muerte



 Me inclino sobre tus ojos cerrados que continuarán dándome la luz y la grandeza, la simplicidad y la rectitud, la bondad y la sencillez que implantaste sobre la tierra”.
Pablo Neruda.

En el Caribe el evento de integración social más importante es la muerte. Muy a pesar de que somos extrovertidos en los festejos y que los anunciamos con bombos y platillos para darle todo el tiempo a las personas para que se preparen, es alrededor del muerto y por motivo de éste, cuando se reúne el mayor número de amigos y familiares, quienes desde los más recónditos rincones aparecen cuando doblan las campanas. Ningún otro hecho es capaz de aglutinar con orden perentoria o en el término de la distancia a tantos parientes o allegados.  

Algunos filósofos sostienen que la vida es el camino que conduce a la muerte y que dependiendo de la manera como abordemos la vida, estaremos acercándonos o alejándonos de la muerte. Al final de ella siempre llega, vivimos para morir.

Cada vez que alguien muy allegado sentimentalmente a uno fallece, nos damos cuenta que la propuesta de nuestro Nobel Gabriel García Márquez de “una educación de la cuna de la tumba”, no se cumple.

No estamos preparados para afrontar eventos tan dolorosos y a la manera del boxeador que ha sido lanzado a la lona por su oponente, nos cuesta reponernos, nos levantamos e iniciamos tambaleantes el largo proceso de la recuperación, con la diferencia que los golpes en el alma dejan huellas imborrables.

El día que Enrique Soto decidió morirse, porque, según él sus tres cuartos de siglo bien vividos, eran suficientes y “ya yo estoy de mediodía pa “bajo”, nos negamos a creerle y por ser veintiocho de diciembre, fecha que por tradición venida de España recuerda a los santos inocentes, guardábamos la remota esperanza que nos estuviera haciendo una inocentada.

Enrique se fue y con él, el hijo ejemplar, el padre atento y siempre  responsable, el tío que asumió las funciones del padre, el amigo sincero, el eje alrededor del cual giró siempre la familia. Por esto nos duele tanto.

Bien lo definió Rafael, uno de los muchos hijos-sobrinos, cuando al momento de sepultarlo, tuvo la suficiente fortaleza para apretar el alma y dejar que las palabras comenzaran a fluir, dijo que lo que todos queríamos decir, porque ese día no habló Rafa, lo hicimos todos a través de él. “Kike, (como cariñosamente le llamábamos) era el consejo del sabio, la respuesta inteligente y la palabra certera”.

Lo que tuvimos la fortuna de nutrirnos con su conversación agradable, sus lecciones prácticas de responsabilidad y servicio, no lo olvidaremos y lo tendremos como norte en la vida.

Cuando las personas no viven en la soledad, su vida no se borra y su muerte no se llora, simplemente la izamos en el aire para que así aparezcan ejemplares y nítidas las franjas de su vida.

Seguramente si tuvieras la oportunidad de leer estas líneas me dirías “no seas tan pendejo Jairo, yo no merezco tanto, al fin y al cabo ya me morí, ya me jodí”.

sábado, 19 de diciembre de 1998

El Bus urbano: babel comercial y artística


Dedicado al Amigo transportador Pablo Carreño.

Siempre es igual. Los pasajeros que a diario viajamos en los buses urbanos somos espectadores de un evento único, que reafirma la condición “mágica” de nuestra calidad ciudad.

El espectáculo de ver convertidos los buses urbanos en escenarios sobre ruedas, por los que desfilan desde vendedores hasta artistas, pasando por todo tipo de encantadores de serpientes, quienes con su poder de persuasión, serían capaces de vender arena en el desierto del Sahara. Todos forman parte ya, de nuestra cultura popular.

En los buses urbanos actúan todo tipo de personajes, en el grupo de los comerciantes, se incluyen a todas aquellas personas cuyo objetivo es lograr vender a los pasajeros algún artículo. Los más famosos y frecuentes son los niños vendedores de golosinas, que pregonan con un estribillo aprendido de memoria y repetido a gran velocidad “señores pasajeros, los dulces que acabo de entregar se llaman (espacio reservado para publicitar la marca del producto) tienen un valor de (regularmente el precio es inferior a 200 pesos, dándole la oportunidad para que todos los consuman) este dinero, no es para vicios, lo utilizaré (dicen los niños) para ayudar a mi familia y pagar mis estudios”. Vale la pena recordar que según nuestra Constitución Política, los niños no deben trabajar y la educación es gratuita.

Otros vendedores particulares, son los de libros y folletos, quienes haciendo gala de una vasta “cultura”, ofrecen a los pasajeros la posibilidad de tener un verdadero resumen de las mejores enciclopedias, al irrisorio precio de 500 pesitos. Además, los vendedores de medicamentos como pomadas, ungüentos, complementos vitamínicos, purgantes, laxantes y otros productos farmacéuticos, quienes promocionan sus productos, hablando con propiedad del cuerpo humano, sus fortalezas y debilidades, ofreciéndole al pasajero productos cuyas licencias de fabricación son dudosas; pero que a tan bajo costo, tienen gran demanda.

Otro grupo popular es el de los artistas, estos al comienzo, únicamente se acompañaban de una guacharaca para interpretar las canciones, hoy cuentan con conjuntos uniformados de hasta 3 integrantes, los cuales con caja, guacharaca y acordeón, complacen al pasajero con dos o tres melodías vallenatas muy conocidas y en las cuales está incluido el saludo al conductor y las gracias por dejarlos trabajar y de vez en cuando un verso improvisado para la muchacha más atractiva, que ocasionalmente viaje en el bus.

Los pasajeros nos hemos acostumbrado de tal manera al desfile de artistas, que inclusive en muchas ocasiones, le decimos al conductor “Oiga cuadro párele a los muchachitos esos, para que nos alegren el viaje”.

No podían faltar los personajes negativos del bus urbano, ese grupo de hombres y mujeres que con el señuelo de los lentes que se caen cerca del torniquete, roban el dinero a los pasajeros, o los ya famosos “cosquilleros” especializados en sacar de los bolsillos celulares o dinero, lamentablemente, ante la mirada indiferente y falta de solidaridad de las personas que a diario utilizamos el servicio del bus urbano. Las estadísticas de robos reflejan una alarmante tendencia de ascenso en los atracos a buses este año.

El recuerdo más viejo que tengo acerca de los personajes famosos en los buses urbanos, además, del de la vieja “cachiporra” popularizada por Aníbal Velásquez, es el del ex-pelotero de la selección Atlántico, caído en desgracia y que por los años setenta se subía a los buses con un periódico amarillento, implorando caridad pública.

Todos somos conscientes que además del valor del pasaje, hay que tener preparados otros $200 o $500 para compensar a estos “reyes del rebusque”. Con razón un amigo, al regresar del exterior, no vaciló en afirmar “lo que más extrañe de Barranquilla, fue el ambiente que se vive durante un viaje en un bus urbano”.